"Siempre hay una salida para esos suficientemente listos como para encontrarla"
Atenea.
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"Siempre hay una salida para esos suficientemente listos como para encontrarla"
Atenea.
El colegio estaba a punto de
empezar porque la Fundación Graad había decidido adaptarse a las nuevas tecnologías y a otras formas de convertir a sus futuros Caballeros en gente de bien y en lugar de estar preparando su mochila para ello, Sira
correteaba por el amplio jardín de una mansión en una pequeña ciudad rica de Finlandia.
Ella no sabía qué hacía allí, tan solo la habían montado en un avión junto a Shura y Elyn y la
habían plantado en la otra punta de Europa con la única premisa de “sé tú
misma pero no hables vía cosmos".
Y eso había hecho.
Por eso, la única hija de la
familia que habitaba la mansión se había encariñado extremadamente de ella a
pesar de no haber intercambiado más que dos o tres palabras. Vitani,
que así se llamaba la hija de la familia, la seguía a todas partes y se divertía como nunca
antes a pesar de no entenderse con las palabras pero gracias a la destreza desarrollada en el
Santuario, Sira sabía hacerse entender a base de gestos y mucha mímica. Elyn no podía
estar más satisfecha con ella y Shura… simplemente se enorgullecía de que
aquella niña hiperactiva fuera a heredar su armadura de oro.
***
Sin embargo, Sira empezó a
hacer demasiadas preguntas tras una semana viviendo con Vitani. Echaba de menos su vida
en el Santuario y quería volver cuanto antes para empezar el curso escolar y jugar con Bafi, sacando de quicio a Shura ya que era el único que la
entendía cuando se cansaba de hablar en griego. Por fortuna, Vitani no entendía
ni una sola palabra por lo que la chica siempre achacaba aquella desesperación en público a la corta edad de Sira.
El problema real llegó la noche en que
Vitani se interesó por el malestar de la niña. Sira no se percató de la
gravedad de confesar entre que venían de
Grecia y otras tantas cosas que Vitani no alcanzó a comprender por más que la
niña se expresaba… Hasta que de repente, la voz de Sira sonó en su mente en un perfecto Finlandés:
“¡Estoy
harta! ¡Quiero volver al Santuario y Shura no quiere hacerlo!”
- Oletko puhunut suomea...? (¿Has hablado Finlandés?)
La niña de siete años miró a
Vitani, ella no entendía lo que había dicho pero sí sabía que
ciertas expresiones faciales parecían ser universales en cualquier idioma:
"Cosmos. Los Caballeros de Atenea podemos usar el cosmos para hablar en cualquier idioma."
Asustada, Vitani se fue apartando de Sira, mirándola como si fuera un monstruo. Fue entonces cuando la española comprendió hasta dónde habían calado sus palabras: Vitani no era capaz de responderle via cosmos ni sabía como hacerlo por lo que si echaba a correr y avisaba a sus padres la misión por la que Shura y Elyn habría fracaso estrepitosamente.
Eso
solo podía indicar una cosa: “Esto no es
un juego, cuando se trata de las misiones… puede peligrar la vida” había
dicho Aioros.
- S-Stop.... Vitani.... – le pidió en inglés. Era la única cosa que sabía decir gracias a las señales de tráfico en España que obligaban a los coches a pararse.
Pero sus palabras no surgieron efecto y la chica echó a correr, histérica, en busca del abrazo de sus padres.
Sira fue tras ella, no tardó en verla al final del larguísimo pasillo de la mansión por lo que aumentó la velocidad de sus pasos y llegó a la esquina en cuestión de un parpadeo; sin embargo, su cuerpo chocó con violencia contra el de Vitani y ambas cayeron al suelo. Al alzar la mirada, Sira observó como varios sirvientes que días antes se habían mostrado amables y cariñosos con ella, las miraban un tanto asombrados. Había cuatro, uno de ellos sosteniá un afilado cuchillo ensangrentado mientras que el resto, cargaba con el cuerpo sin vida del padre de su amiga.
Como aprendiz sobre saliente
en el Santuario, Sira no perdió un solo segundo. Su cuerpo se movió velozmente hacia el hombre
armado, realizó un par de movimientos simples y efectivos contra él y lo dejó tirado en el suelo ante la incrédula mirada de sus compañeros que apenas habían podido hacer nada al cargar con el cadáver del dueño de la casa. Justo después de eso, Sira
agarró a Vitani por la muñeca y tiró de ella alejándose en dirección a una
salida.
"¡SHURA, DESPIERTA, SHURA!" gritó en su mente pero su Maestro debía de estar bastante ocupado como para no establecer contacto con ella de modo que siguió corriendo, tirando de una traumatizada Vitani que apenas podía seguirle los pasos.
El verse a
oscuras y en una casa desconocida para ella a pesar del tiempo que llevaba
viviendo allí, fue algo que obligó a la española a tomar una medida desesperada: se detuvo en seco en mitad de un pasillo, miró la pared con furia
y concentró su cosmos en el puño que le quedaba libre. Golpeó el muro liberando
toda la energía en el momento exacto consiguiendo que la pared se
resquebrajara y dejase a la vista el exterior. Sin preocuparse lo más mínimo del estruendo que provocó o el asombro que su poder había generado en
Vitani, Sira continuó su carrera para perderse en el bosque que crecía a las
espaldas de la mansión. Allí, bajo la libertad, le resultaría mucho más fácil
esconderse y huir de los sirvientes que habían decidido atacar a la familia de su amiga.
***
Pero la servidumbre llevaba
mucho tiempo con aquel plan en la cabeza y el destino quiso guiar a las dos niñas
directamente a la boca del lobo. Allí en el bosque, había una pareja esperando
entre los arbustos, dos jardineros expertos que sabían remover la tierra para
hacer sus pasos silenciosos y ocultarse de las miradas de los animales
salvajes. Sorprender a niñas de siete y doce años fue mucho menos costoso
de lo que parecía.
Advertidos por sus
compañeros, los encargados del bosque se las ingeniaron para crear la trampa
perfecta que las dividiera: algo era distinto en la pequeña de siete años, habían dicho por el walkie-talkie, por
lo que tras hacer las deducciones pertinentes, apañaron una rápida trampa en cuestión de minutos.
***
Sira no dejó de correr en
ningún momento, dando más vueltas de las necesarias para desviarse del camino que quizá su captores siguieran para darles caza. La huida resultaba
mucho más cansada por tirar constantemente de Vitani pero algo en su mente se
había activado y le decía que debía poner a salvo a su amiga cuanto antes…
Hasta que su pie activó algo en el suelo.
Una red comenzó a elevarse y
el cuerpo de la niña pareció moverse por puro instinto, Sira soltó a Vitani y
la empujó, quedando ella atrapada en una red que la levantó unos pocos metros
del suelo:
- ¡CORRE, VITANI,CORRE!
Vitani no entendió una
palabra pero supo que debía continuar el camino sin la compañía de la pequeña.
Por desgracia, apenas había avanzado un par de pasos cuando uno de los jardineros
apareció ante ella cortándole el paso. Sira se aferró a la red y trató de
romperla usando su cosmos pero aquello no era tan fácil como abrir un hueco en
una pared. Aquel hombre hablaba con Vitani pero ella no estaba comprendiendo
nada, se comunicaban en finlandés y fuera lo que fuera, su nueva amiga no
estaba dispuesta a aceptarlo.
Debía hacer algo, y debía hacerlo rápido. Sira pensó en Saori ¿Qué hubiera sucedido si su amiga hubiera sido su diosa? Ella como futura Caballero de Capricornio debía protegerla de cualquier peligro.
Comenzó a gritar, esperando llamar la atención
del hombre que amenazaba con acercarse a Vitani pero ninguno de sus gritos
sirvió de nada; al estar atrapada, la niña no era una amenaza así que el
encargado agarró a Vitani del pelo y comenzó a tirar de ella para llevarla de
vuelta a la mansión:
- ¡EH, TÚ, GILIPOLLAS, SUÉLTALA!
Sus insultos no surgieron efecto, Vitani se alejaba sin remedio, pronunciando su nombre para que la ayudase.
¿Y si hubiera sido Saori? Algo malo iba a sucederle a Vitani y podría
haber sido Atenea… Y todo había sucedido por su culpa.
“She-Ra corrió a salvar a su diosa empleando todos los movimientos que había aprendido pero las patadas que abrían la tierra y que sus puños desgarraran el cielo no fue suficiente, no… ella necesitaba mucho más para salvar a la persona que le había salvado la vida al acogerla en el Santuario… ¡Debía luchar, encender el cosmos de su interior!” Resonó en su mente.
El cuento de Shura. La historia de la guerrera She-Ra que
consiguió salvar a Atenea.
Sira se concentró en aquella
imagen que su mente había creado tiempo atrás, ella se había creído la
encarnación de dicha guerrera, la siguiente salvadora de la diosa. Recordó a
Shura, el cómo lo había visto pelear en los combates del Santuario usando su
propia mano como espada. La espada de She-Ra.
La voz del Caballero de Capricornio volvió a escucharse en su corazón, acabando la escena que ella había visto reflejada en Shura varias veces.
“Así que estiró la mano hacia arriba, sintiendo como esta podía
sentirse igual que una espada! Y entones gritó con toda la fuerza de sus
pulmones”
- ¡POR EL HONOR DE ATENEA! … – Sira alargó al máximo los dedos de su mano, los llevó por encima de su cabeza concentrando allí todo el cosmos que fue capaz y la movió sesgando el aire añadiendo un nuevo grito.
¡EXCALIBUR!
Las cuerdas se rompieron
limpiamente y un haz de luz atravesó por la mitad al hombre que arrastraba a
Vitani, deteniendo sus pasos en seco.
Sira cayó al suelo, un agotada
por tal liberación de cosmos pero la adrenalina aún recorría sus venas. Se puso
en pie a toda velocidad, volvió a tomar la mano de Vitani y salió corriendo
para perderse en el bosque sin percatarse del verdadero daño que su ataque
había provocado en el encargado de atraparlas.
[ Siguiente Capítulo ]
- ¡LA MADRE QUE ME PARIÓ,
SIRA! ¿¡QUÉ HAS HECHO!?
Aioros sonrió desde la cama,
se desperezó y se puso en pie camino del escritorio, abrió el cajón y sacó una
pequeña libreta:
“Travesura Nº 25”
-
¿Qué
ha pasado, Shura? – gritó, esperando la respuesta para apuntarla en la lista
que llevaba escribiendo desde que la pequeña capricornio llegó al Santuario.
- ¡ME HA PINTADO CON
ROTULADOR LA ARMADURA DE ORO! ¡MÍRAME!
El español entró en el
dormitorio donde Aioros se encontraba, ataviado con su cloth dorada y un enorme
mensaje en el pecho escrito en griego que ponía: Shura es el mejor:
- ¿¡DE DONDE SACA ESTA NIÑA
LOS ROTULADORES!?
- ¿Cómo puedes enfadarte con
ella después de leer eso?
- Aioros, no te pongas de su
parte por lo que más quieras… Además ¿Dónde está? Ni siquiera la escucho
reírse.
- En el patio trasero,
aunque puede que se haya escondido después del jaleo que acabas de montar.
Capricornio salió en pos de su aprendiza dejando atrás al defensor de la chiquilla. Sagitario apuntó los datos que había conseguido, desde que se habían mudado al templo de Capricornio con Shura, Sira y Catra (porque al final, el español no había podido evitar el adoptar un gato) la diversión se había acomodado entre ellos, aunque en realidad… parecía que solamente la niña y él disfrutaban de ella.
Por su parte, Shura estaba a punto de perder los nervios:
- ¡NO, SIRA!
La voz del español se calló
un segundo para justo después, soltar un “me
cago en la madre que me…”
Cuando Sagitario acudió en
su ayuda, un torrente de energía lo detuvo en seco mientras las carcajadas de
Sira y Bafi inundaban el interior del templo. Los niños salieron corriendo,
esquivando todo tipo de obstáculos mientras el cosmos de Shura parecía
descontrolarse. Aioros salió al patio a toda velocidad un tanto preocupado y se topó con el español de espaldas a él, quieto como una estatua, dejando tan
solo que la pechera de la armadura subiera y bajara al compás de su acelerada
respiración. Estaba empapado:
- ¿T-Te… ha lanzado… un
globo de agua?
- A tomar por culo, Aioros ¡esa niña me tiene hasta los cojones!
-
Eh,
eh, calma. Habla bien, no he entendido todo lo que has dicho.
***
Travesura Nº 54: Alguien ha intercambiado el menú de Shura por la comida de Catra.
Ese alguien es Sira. Pero también había metido en la mochila una manzana con una nota “Esto es para Milo.”
Aquella había sido divertida
al principio pero Sagitario se vio en la obligación de sentar a la niña en el
salón y echarle una buena regañina porque sus hazañas estaban empezando a
mosquear a demasiada gente. Concretamente, por culpa de aquel cambio de menú,
la misión a la que partieron Capricornio, Escorpio y Géminis había estado a punto de
fracasar y acabar metidos en un buen lío. Para colmo, Kanon había tenido que acudir
al templo para buscar la verdadera mochila que les daría la victoria y su cara no indicaba que tuviera ganas de hacer nuevos amigos.
Sira se mostraba ansiosa,
realmente era una niña con mucha energía que parecía que jamás se cansaba. Daba
igual cuanto entrenamiento tuviera al día, ella siempre quería corretear por el
Santuario acompañada de Bafi ya que gracias a la comunicación via cosmos, los
dos pequeños habían conseguido entenderse y llevarse muy biein –para desgracia de sus respectivos
Maestros–:
- ¿Qué ocurre, Aioros?
- Te has metido en un buen
lío, señorita. Y vengo a regañarte antes de que lo haga Saori. – Al mencionar
el nombre de la diosa, Sira se quedó extremadamente seria – Es hora de terminar
con este comportamiento.
- Pero… ¿qué hice?
Sagitario dejó sobre la mesa
la bolsa que Kanon le había dado, con el tupper que contenía la comida de Catra
y la manzana para Milo:
- Esto ha causado muchos
problemas, Sira. No puedes cambiarle las cosas a Shura antes de una misión, la
otra mochila era de vital importancia, no era una comida cualquiera. Como
futura Caballero de Capricornio tienes que empezar a entender que esto no es un
juego y que, cuando se trata de las misiones… incluso puede peligrar la vida.
- L-Lo siento…
- Y no solo eso, tampoco
puedes decorarle la armadura, ni pintarle la cara o lanzarle globos de agua a
traición… Shura es tu maestro y tienes que respetarlo, sobre todo aquí. – Conforme Aioros hablaba, la cara de la niña se
iba ensombreciendo y agachando poco a poco – Necesito que prometas que no volverás a
portarte mal.
Sira asintió levemente,
mirando al suelo para ocultarse tras su flequillo:
- Promételo, Sira.
- L-Lo prometo… Aioros…
Esa noche, Sira se encerró
en su habitación después de cenar sumida en un completo silencio, apenas quiso comer nada pero Sagitario solo
necesitó una mirada para hacer que se terminara el plato aunque fuera con toda
la desgana del universo. Parecía que sus palabras finalmente habían calado en
la niña aunque también habían acabado con su humor dicharachero e inquieto.
***
El reloj marcaba las cuatro
de la madrugada cuando Shura entró por fin en el templo de Capricornio tras
tres días de ausencia y una trastada que casi les cuesta el honor y la misión
encomendada por Atenea. Confiaba en que Aioros hubiera puesto orden en su lugar
de modo que, se había prometido a sí mismo no tratar de mala manera a Sira
cuando se vieran, le sería algo difícil pero en el fondo, entendía que la niña
era así y esperaba que con el tiempo, comprendiera la gravedad de su destino.
Shura caminó a oscuras por los pasillos que lo llevaban a su hogar dentro de la décima casa, llegó a la puerta de madera y movió el picaporte suavemente para no despertar a nadie pero Sagitario lo esperaba despierto, era una costumbre que quería empezar a desarrollar así que el español lo agradeció. Hablaron en voz baja sobre la situación de la pequeña mientras tomaban una taza de té y al cabo de unos minutos, ambos decidieron marcharse a la cama y hablar con ella de nuevo al día siguiente después de haber visto lo triste que se había quedado al ser regañada pues desde entonces, su buen humor había desaparecido por completo.
No obstante,
su sorpresa llegó cuando la puerta del cuarto de Sira se abrió y la niña
apareció en la penumbra con una mochila entre los brazos. Los dos se miraron un
instante pero la chiquilla sucumbió enseguida al pánico y se encerró de nuevo
en su cuarto. Un pensamiento cruzó la mente de Shura por lo que, con cierto
nerviosismo, entró en el dormitorio de Sira:
- S-Sira… ¿qué es eso? – acto seguido, Capricornio identificó la mochila que todavía sostenía la niña.
- Tenía muchas vitaminas…
- ¿Eh?
- La comida de Catra… tenía muchas vitaminas, lo leí en el paquete… Y la manzana, Milo no se la comió… ¿Es porque
me odia?
De repente, ambos entendieron
lo que Sira intentaba decirles y un pedacito de su corazón pareció
resquebrajarse: El contenido de la comida que Shura y los demás debían llevar a
la misión no tenía muy buena pinta, pero era la necesaria; Sira había
interpretado que aquello no les ayudaría para alimentarse durante tres días así
que marchó a por la comida de Catra, que parecía darle fuerzas para toda una
jornada, y añadió la manzana para Milo porque sabía que era su postre favorito.
Precisamente aquel gesto, no había sido ninguna jugarreta sino más bien una forma -errónea- de ayudar:
- Por el amor de Atenea… –
suspiró Shura, arrodillándose para ponerse a la altura de Sira – Nadie te odia,
pequeña. Ven aquí.
Apenas pudo cogerla,
Capricornio la abrazó con todas sus fuerzas mientras un par de lágrimas rodaban
por sus mejillas. La niña también empezó a sollozar, mucho más silenciosamente que la anterior ocasión, martirizándose por haber
enfadado a tanta gente por su cambio de menú:
- Lo siento, Shura… le
prometí a Aioros no volver a portarme mal... Por favor, quiero quedarme con vosotros... no quiero volver a casa...
-Eh, eh... tranquila, nadie va a devolverte a tu casa. La promesa que le hiciste a Aioros está muy bien. Cálmate ¿vale?
- ¿D-De verdad...? ¿Nadie me odia?
- En absoluto, Sira... Mira, te traje un regalo.
Aioros no podía creerlo,
Capricornio se sacó del bolsillo del pantalón un grueso rotulador de color
negro. Era algo sencillo, simple, pero bastó para iluminar la cara de la niña.
Shura destapó su curioso regalo y pintó sobre la cara de Sira el característico
bigote con el que se levantaba casi todos los días:
- Me alegra volverte a ver, te echaba de menos,
Sira.
- Yo también, Shura.
Acto seguido, la niña agarró
el rotulador y le dibujó a su cuidador otro bigote, aquella vez era especial
así que cuando terminó su hazaña… se giró hacia Aioros y después, clavó sus
ojos en el español, esperando su aprobación para culminar su travesura Nº 55.
***
La pierna de Shura se movía con nerviosismo en la sala de espera del hospital. Su puño cerrado también pero debido a la tensión, se movía mucho menos que su otra extremidad. El español esperaba a que Mu o Elyn aparecieran para informarlo después de decirle apenas una hora antes que Sira tenía que ser operada de urgencia por la fractura de tres costillas.
Tres costillas.
¿Qué demonios había pasado para que semejante golpe hubiera llevado a la niña al hospital? ¿Es que acaso Elyn no sabía controlar la fuerza que debía emplear con los chiquillos?
La pareja apareció entonces, acompañada de Shun y sus rostros se mostraban extremadamente preocupados. Los tres se acercaron a Capricornio y aguardaron a que fuera el Caballero de Virgo el que hablase:
- Ella está bien, no tienes que preocuparte Shura.
- ¿Podéis decirme qué ha pasado para que acabe aquí? Joder, no me preocupéis tan pronto, apenas lleva dos días entrenando seriamente.
- Y gracias a eso hemos descubierto... ciertas cosas sobre ella. – Apuntó Mu, aquel que la había tele transportado al hospital.
- ¿Qué quieres decir?
- Sira ya traía la fractura de casa. – Dijo Shun – Lo que hoy sucedió solo nos abrió las puertas.
- ¿Qué quieres decir? ¡Menos andar por las ramas y más decir lo que pasa, maldita sea!
- A Sira la maltrataban, Shura. Eso pasa. – Aclaró Elyn, por fin. – Esas fracturas estaban ahí y habían mal sanado porque ni siquiera la llevaron al hospital después de darle una paliza.
"... Quiero quedarme con vosotros... no quiero volver a casa..." "...y Atenea se enfada conmigo y decide que regrese a casa?! ¡No quiero volver con ellos...!"
El estómago se le revolvió ante las declaraciones de Elyn y Shun mientras su mente imaginaba la escena en la que alguien se enzarzara con la niña a golpes... Sira apenas medía 110cm y pesaba escasamente 15kg... ¿Cómo podía alguien...?
- ¿Quién la...?
- Sus padres, Shura. Vigilé a Sira por unos pocos días antes de acercarme a ella, se pasaba las horas en el parque, sola o acompañada, lloviera o no, nunca parecía volver a su casa y cuando lo hacía por las noches, los gritos inundaban el edificio. – Relató Elyn, muy seria – Al parecer, sus padres odiaban sus ojos por algún motivo y eso bastaba para agredirla. El día que decidí que era hora de traerla... me dijo que se había caído por las escaleras pero en realidad...
- La habían tirado ¿verdad?
- No necesitaba un master para saberlo pero pensé que ella estaría mejor sin decirle a nadie lo que ocurría, a fin de cuentas cuando llegaba al parque no hacía otra cosa que jugar y reír, como si con ello se olvidara del infierno que vivía.
- Y yo que pensaba que la habíamos traído al peor sitio del mundo.
- Es posible, pero al menos aquí cuando la golpean sabe que no lo hacen con saña, con rabia, y al menos tiene un motivo para seguir viviendo. – Elyn suspiró y se sentó en los asientos del hospital de la organización Graas – Me sorprende pero... si los siguientes Caballeros de Oro tienen ese pasado, creo que deberíamos empezar a traerlos ya. Literalmente, hemos salvado la vida de Sira y Bafi.
Shura asintió, recordando que el pequeño sucesor de Piscis había sido encontrado en un burdel, exclavizado desde que apenas tenía un par de años; nadie había querido preguntar sobre qué tipo de vida llevaba allí porque era mejor no hurgar en la historia. Sin embargo, una cosa era no querer saber y otra muy distinta, enterarse de la crueldad de los progenitores de Sira.
Esa noche, Shura habló con Kanon:
- Tienes solo quince minutos. – le dijo el gemelo.
- Suficientes.
Y por primera vez en su vida, Shura cruzó el portal que Kanon abrió hacia españa. De noche y en un callejón, se encargó de que solo tres costillas fueran lo que quedara intacto en el cuerpo del hombre al que asaltó.
Shura y Aioros acordaron que
hablarían las cosas más serias sobre Sira via cosmos y el resto, para que la
niña los escuchara en voz alta. A pesar de su edad -6 o 7 años- Sira quiso ayudar a preparar la cena y aprendió
rápidamente a comunicarse con Sagitario a través de gestos, Aioros era muy
bueno así que incluso acabó por enseñarle nuevas palabras a base de pequeños
juegos que los mantuvo ocupados hasta bastante tarde.
El reloj marcaba casi la una
de la madrugada cuando Shura decidió que ya era hora de irse a dormir:
- ¿Y tú? ¿Dónde vas a
dormir?
- Yo dormiré con Aioros en
el sofá.
- ¿No es incómodo?
"En peores sitios he dormido..."
- En absoluto, ya verás que buenas siestas puedes dar en él.
Obediente y con una sonrisa dibujada en su cara, Sira se metió corriendo en la cama y se tapó hasta parecer un rollito de primavera. El día había sido duro para todos pero debido a que los dos Caballeros de Oro tardaron segundos en dormirse, nadie descubrió que la pequeña se dejaba llevar por la pena de estar lejos de casa.
Bueno... si es que aquel lugar del que provenía podía llamarse así.
***
Los días fueron pasando y
Saori no podía estar más contenta con la evolución de Sira en casa de
Capricornio. La niña pronunciaba bastante bien las frases que más usaba, había
conseguido entenderse con Bafi y Kiki así como con varios Caballeros de Oro
que no tardaron en interesarse en ella y en apenas tres días, se mudaría
definitivamente al Santuario para iniciar su entrenamiento como futura
portadora de la armadura de Capricornio. De modo que… era hora de darle la conversación que a
todo el mundo le conseguía poner los pelos de punta: Quién era Atenea, qué era
el Santuario y quiénes eran los Caballeros de la orden de la diosa.
Shura fue el encargado de traducir las palabras de Saori, punto por punto y sin suavizar un solo contexto pues todos creyeron necesario que Sira continuara escuchando griego para no acostumbrarse al uso del cosmos. Shura también efectuó las preguntas de Sira con toda la seriedad que pudo aunque parecía que ella estaba más preocupada por no entender del todo la narrativa que los conceptos como “encender el cosmos” y "salvar la humanidad".
Al
final de la explicación, la imagen ilustrativa dejó cautivada a la niña: Seiya,
Elyn, Marin y Jabu aparecieron portando sus respectivas armaduras, explicando
uno a uno las diferencias entre ellos y el orden jerárquico en el que se
encontraban. Al acabar la reunión, Sira estaba en éxtasis:
- ¡LA LECHE, SHURA! ¡SAORI ES UNA DIOSA! ¡Y YO SERÉ UNA DE SUS
GUERRERAS!
Capricornio seguía
sucumbiendo cada vez más a los encantos de Sira a pesar de que la semana había
sido para él, había sido un largo camino cuesta arriba. La chica era activa como nadie,
necesitaba correr, gritar, desfogarse y por eso, Shura no veía el momento de
empezar a entrenarla para que descargara toda aquella energía. Por otro lado,
también era traviesa, demasiado para él aunque Aioros decía que nada podía
compararse con Aioria y Milo durante su infancia así que el español trataba
enfocarse en sobrevivir a las jugarretas de Sira: había despertado con un
bigote pintado en la cara, con todo el cuarto de baño puesto patas arriba, la
chica había llegado a saltar sobre él pidiendo el desayuno… sin contar que la
había descubierto rebuscando en su armario varias veces en busca de una
camiseta de la que acabó por adueñarse:
“Mola que te cagas.” Había dicho.
Esa noche, Sira trató de
poner al tanto a Aioros sobre su conversación con Saori pero Sagitario no
mostró el mismo entusiasmo que otras veces, a pesar de los gestos, entender las
palabras de histeria de Sira era un caso perdido y al final, fue Shura el que
le contó lo sucedido:
- Al menos se lo ha tomado
bien…
Eso era cierto, aunque no
sabían por cuánto tiempo.
***
Poco después de irse al
dormitorio para dormir, Sira volvió a hacer acto de presencia en el salón; por
fortuna para Shura y Aioros, la niña parecía un elefante en una cacharrería por
lo que les resultaba sencillo poner distancia en sus arrumacos nocturnos antes
de ver aparecer aquellos ojos cristalinos en mitad de la noche:
- Sira... ¿estás bien?
- ¿Y si no soy lo
suficientemente buena…?
Aquellas rotas palabras
tomaron a Capricornio desprevenido, necesitando un par de segundos para
incorporarse en el sofá y acercar a la niña. Cuando Aioros encendió la luz,
pudieron ver que Sira estaba a punto de echarse a llorar, como si algo en el
dormitorio le hubiera destruido la ilusión:
- ¿A qué te refieres?
- A los Caballeros de Oro…
¿y si no soy tan buena como para proteger a Saori? Ellos son los más poderosos… ¡¿Y
si yo no puedo serlo y Atenea se enfada conmigo y decide que regrese a casa?! ¡No quiero volver con ellos...! ¡Quiero estar contigo, Shura!
Y entonces, por primera vez, la niña estalló en llanto como si no hubiera llorado jamás.
Aioros pidió explicaciones
via cosmos, ya que aunque había mejorado algo su español, entender a Sira
cuando rompió a llorar fue bastante devastador. Shura se vio en la tesitura de
calmar a la niña mientras su mente informaba a Sagitario del problema, Aioros
sintió un flechazo de nostalgia pues aquella frase se la había preguntado
Aioria cuando era pequeño, pero le resultó extraño que una niña tan activa como
Sira tuviera aquel miedo más digno de la generación pasada en la que ser digno
de la diosa, era una prioridad.
Por su parte, el español sabía
que tenía que poner fin al llanto de la niña, no porque nadie los molestara
sino porque escuchar a la pequeña llorar por no ser lo suficientemente buena le
destrozaba el corazón, él había tenido ese miedo antaño y habría dado la vida
por tener a alguien que le explicara que aún era demasiado pequeño para
preocuparse de tales problemas. Mientras no portara la armadura dorada no
tendría que demostrar su valía pero ¿Cómo explicárselo a Sira?
- ¿Sabes? Me has recordado a
una guerrera que lloró lo mismo que tú antes de descubrir que tenía una gran
fuerza escondida.
- ¿D-De verdad?
- Sí ¿conoces la historia de
She-Ra, la mano derecha de Atenea?
- ¡No, no! ¡La quiero saber!
La niña negó enérgicamente
con la cabeza y se limpió las lágrimas de los ojos mientras Capricornio la
acomodaba en el sofá, entre él y Aioros, para que pudiera escuchar lo que se
avecinaba en una posición cómoda. Sagitario había entendido un poco a su
compañero y alzó una ceja sin creer lo que estaba a punto de ocurrir:
“Hace
mucho tiempo, cuando todavía no había luz ni agua caliente en las casas, el
Santuario recibió a un grupo de niños que habían perdido a sus padres. Entre
ellos estaba She-Ra, una pequeña y asustadiza chiquilla que tenía miedo de todo lo que se movía pero que
esperaba que al estar bajo la seguridad de Atenea, todos los males de su vida
desaparecieran. A She-Ra la entrenaron durante mucho tiempo pero ella siempre
pensaba que no valía para nada aunque ganaba todas las batallas y todas las noches, lloraba porque sentía que no era suficiente hasta que un día… ¡PLAS! Un sonido
la despertó. Al levantarse de la cama, vio como varias personas se marchaban
del Santuario así que… como eso era muy extraño decidió seguirlas.”
- Shura, la historia no es…
- ¡¡Shhhh!! No interrumpas,
Aioros – dijo la niña, interesadísima en aquel relato.
“Llegaron
al bosque, todo estaba oscuro, y los sonidos de los monstruos de debajo de la
cama se hacían cada vez más fuertes pero She-Ra no tenía miedo de ellos porque ¡ella era una
Caballero de Atenea! Continuó su camino hasta que una voz la sobre saltó… ¡Se
trataba de la Diosa y estaba pidiendo ayuda! ¡Aquellas personas que habían salido del Santuario habían
secuestrado a Atenea y se la llevaban para hacer una sopa con ella!”
- Si Saori te escuchase…
- ¡¡¡SSHHHH!!! – exclamó
Sira, muy pendiente de la historia.
“She-Ra
corrió a salvar a su diosa empleando todos los movimientos que había aprendido
pero las patadas que abrían la tierra y los sus puños desgarraran el cielo no eran suficiente, no… ella necesitaba mucho más para salvar a la persona que le
había salvado la vida al acogerla en el Santuario… ¡Debía luchar, encender el
cosmos de su interior! Así que estiró la mano hacia arriba, sintiendo como esta
podía sentirse igual que una espada! Y entones gritó con toda la fuerza de sus
pulmones: ¡¡POR EL HONOR DE ATENEA!!”
- “Por el honor de Grayskull” – murmuró Aioros pero nadie le hizo ni caso.
“La
armadura de Capricornio apareció de repente y se colocó sobre She-Ra,
protegiéndola de los golpes de sus enemigos” continuó diciendo el
español, metido totalmente en la historia que se acababa de inventar y que
mantenía absorta a la pequeña aprendiz “¡Zas! ¡Zas! En un santiamén She-Ra había rescatado a la diosa Atenea y
la llevaba en brazos al Santuario. ¡Había ganado la batalla y había cumplido su
misión! Porque sí que era digna de ella y de la armadura que la había elegido.”
- ¡Siii, muy bien! ¡¡Por el honor de Atenea!! ¡Zas, zas! – exclamó Sira – ¡She-Ra ganó a los malos!
- ¡Exacto! ¡She-Ra ganó a
los malos! Dime, pequeña ¿Tú vas a ser como She-Ra?
- ¡¡Siiii!! ¡¡Yo la salvaré!! ¡¡Por el honor de Atenea!! – la niña imitó a Shura, con un movimiento
digno de invocar la Excalibur y golpeó a Aioros – ¡Tú eres un malo, Aioros, y
Shura, tú eres Atenea! ¡Yo te salvaré!
Por un segundo, el español
tuvo miedo de verla mover su brazo como si cargara con la Excalibur y que
realmente consiguiera invocarla pero el cosmos de Sira aún no había despertado
así que se conformó con haberla hecho olvidar el mal rato y disfrutó de ejercer
por unos momentos de la diosa Atenea (deseando que Saori jamás se enterase de
tal blasfemia) y de cómo interactuaban Aioros y la pequeña; no se sentía padre,
más bien era como vivir desde una perspectiva más adulta la infancia en la que él y Sagitario cuidaban de un
jovencísimo Aioria:
- Oye, Sira… ¿Sabes que She-Ra también tenía un gato? – rió Aioros mirando al español.
- ¿Eh? ¿¡De verdad!?
- Se llamaba Catra.
- ¡Quiero tener un gato que se llame Catra!
- No tendremos nunca ningún…
- ¡CATRA! ¡CATRA! ¡CATRA! –
vitorearon al unísimo Aioros y Sira, mirando a Shura, sabiendo que al final, si
que tendrían una mascota que respondería a dicho nombre.
Cuando Seiran abrió los ojos, la gran cantidad de luz que había en la habitación le obligó a cerrarlos de nuevo. Al principio, sentirse vivo le resultó extraño pues lo último que había experimentado antes de perder la conciencia había sido como un rayo atravesaba su cuerpo, sin embargo, el dolor había sido pasajero y ni siquiera la caída le había resultado tan fatídica como había esperado… Había recibido un golpe directo del Rey del Olimpo pero ¿Cómo era posible que hubiera sobrevivido? El chico intentó despertarse una vez más, esta vez, abriendo los ojos más despacio, parpadeando varias veces y acomodando su postura para esconderse un poco en el contraluz. Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba tumbado al lado de alguien, de una persona de la que emanaba una cálida y agradable sensación que parecía restablecer su vitalidad así que, lentamente, Seiran se fue girando hasta dar con un detalle que reveló la identidad de aquel que le acunaba:
-
¿Ma-Mamá…?
-
Ah~ Así que ya estás despierto.
Aquella
voz provino del lado opuesto al que él estaba mirando pero no necesitó de mucho
más para saber de quién se trataba, la pronunciación de tales palabras solo
podía relacionarse con una sola persona:
-
¿N-Nekyia…?
Inquieto, Seiran se removió para encontrarse con la Reina del Inframundo pero puesto que lo hizo de manera más brusca, su movimiento despertó a Saori, la cuál no perdió tiempo en agarrar con más fuerza al chico, temerosa de perderlo. No obstante, al percatarse de que no había peligro, la diosa aflojó su agarre y otorgó al muchacho plena libertad para que mirase donde quisiera:
-
¿Qué hago aquí? – preguntó él, un poco confuso.
-
Echarte una siesta, chico; después de la batalla tenías que descansar un poco ¿no crees?
-
¿Es que... No morí? ¿No me atacó Zeus? ¿Dónde está papá? ¿Y tu amigo? ¿Has venido sola? ¿Cómo
están todos? ¿Hemos ganado?
-
Tranquilo, tranquillo, todoterreno. Para el carro. – Rió Nekyia de manera cantarina – Estás en
presencia de Atenea, un poco de respeto ¿no?
-
¡Oh, sí! ¡Claro! ¡Lo siento, yo…!
Pero
la voz del chico quedó acallada cuando la diosa acarició su cabeza con dulzura
mientras una sonrisa se dibujaba en su cara. Él la observó con cautela
descubriendo que aquella no era la misma persona que conoció en la fiesta del
Santuario; no, los ojos de la mujer que lo acariciaba no desprendían la fuerza
y letalidad que recordaba sino que más bien, reflejaban una delicadeza y pureza
que nunca antes había visto:
- Me alegra ver que estás sano y salvo, Seiran. – Le dijo Saori. – Tú nos salvaste, como todo un héroe.
- Entonces… ¿podría quedarme aquí, en el Santuario? – preguntó con cierto miedo. – ¡Como una compensación! No pediré nada más en mi vida.
- ¡Jajaja! Por supuesto. – respondió la mujer.
-
¿¡De verdad!? ¿¡Puedo quedarme!? – Saori asintió, feliz de poder contemplar la felicidad
de su hijo de primera mano – ¿Y papá lo sabe?
-
Tu padre ni siquiera sabe que estás despierto, chico. Anda, corre y dale la
buena noticia por ti mismo. – intervino Nekyia.
Como si el rayo de Zeus le hubiera contagiado la velocidad de sus relámpagos, Seiran se levantó de la cama en la que estaba acostado y, sin fijarse siquiera en los jirones que tenía por camiseta o los rotos de sus pantalones, salió disparado de la habitación como si realmente supiera donde encontrar a Seiya.
Las dos mujeres se quedaron
en silencio durante un momento, Saori desde la cama y Nekyia sentada en uno de
los elegantes sillones que la diosa de la guerra tenía en sus aposentos:
-
El “Hilo del Destino” ¿eh? – murmuró Saori.
-
Así habría sido si nadie hubiera interferido en mis planes. – Atenea miró a Hades, inquieta, de modo que Nekyia siguió hablando – No te preocupes, fue Rhadamanthys quien metió las narices donde no debía.
-
¿De qué estás hablando…?
Durante
un segundo, Saori cayó en la posibilidad de que el alma del Wyvern viviese
ahora en el interior del pequeño y que, con el tiempo, Seiran desarrollase
interés por el Inframundo. Sin embargo, la tristeza que atravesó el rostro de
Nekyia destruyó aquella posibilidad. Algo había pasado y estaba claro porque
Seiran estaba vivo mientras que Rhadamanthys no estaba allí cuidando de su diosa:
-
Usé el Hilo del Destino con Seiran para salvarlo del ataque de Zeus aunque eso implicara que se convirtiera en el nuevo Dios del Inframundo pero al menos... podrías seguir viéndolo, incluso por toda la eternidad.
-
¿Por qué, Hades? ¿Por qué salvaste a mi
hijo?
- Porque no pude salvar a los míos y porque, de esta forma, creo que pago por todos mis pecados del pasado... Cuando nos vimos por primera vez en la fiesta pude ver su final, al igual que ocurre con todos los mortales; pude ver su muerte y por eso sabía de la llegada de Zeus y de lo que ocasionaría que la identidad de tu hijo llegase a conocerse en el Olimpo. Por eso planeé a las espaldas de todo el mundo la manera de salvarlo sin levantar una sola sospecha contra mi persona
-
Pero entonces… ¿Dónde está…?
- Obviamente, el plan lo consulté con Rhadamanthys, Atenea. Él se opuso de inmediato y se ofreció a sí mismo como sacrificio para intercambiar las almas, estaba totalmente obcecado en que debía ser él quién perdiera la vida para evitar que el hijo de Atenea gobernase en un futuro el Inframundo, ya sabes~ Su odio trascendental hacia tu ejército y esas minucias que dominaban su alma.
Hubo un extraño silencio, tenso y dramático que Nekyia tuvo que romper al cabo de unos instantes para no dejarse llevar por la cantidad de emociones que había en su interior:
- Pero la única persona capaz de soportar un rayo de Zeus, era yo
pues ni siquiera mis espectros son tan poderosos como para sobrevivir a un
ataque así. Pero para callar las quejas de mi horrible guardaespaldas, acepté su sacrificio para que creyera
durante todo el tiempo que se sacrificaría por Seiran. Ah~ Estúpido Wyvern… también vio
a través de mi plan~... Comprendió, o supo más bien, que a la hora de la verdad no lo dejaría
sacrificarse porque conoce demasiado bien el alma humana que controla mi cuerpo.
Una
lágrima, la primera en la historia que Atenea presenciaba, resbaló por una de
las mejillas de Nekyia pero la diosa hizo caso omiso y continuó su explicación de los hechos:
- En el instante en que llevé a cabo el Hilo del Destino, Rhamanthys avanzó hasta mí y posó sus manos sobre mis hombros, consiguiendo que el ataque se trasformara en un hilo conductor en lugar de intercambiar nuestras almas. El rayo de Zeus entró en el cuerpo de Seiran justo cuando nuestras almas se desprendieron de nuestros cuerpos así que en lugar de producirse un cambio, todos los espíritus quedaron fuera de su alcance y volvieron a sus respectivos recipientes mientras que el ataque del Rey destrozaba el cuerpo del Wyvern…
Un nuevo y tenso silencio inundó la sala durante un momento que ni siquiera Atenea quiso interrumpir:
- El resto de la historia… puedes deducirlo, señorita Saori.
***
Seiya se encontraba sentado en la escalinata del Templo de Atenea, lugar que llevaba varios días cerrado así que el Caballero de Sagitario no se había movido de allí. Nadie era conocedor de lo qué estaba ocurriendo ni porqué la diosa había decidido encerrarse allí como si no quisiera saber nada del mundo y los únicos que entraron con ella en sus aposentos fueron Nekyia y en sus brazos, el cuerpo inerte de Seiran.
Desde
entonces, Seiya permanecía allí sentado, sin importarle el calor abrasante de
la mañana o el frío de la noche, olvidándose de beber o comer; solo estaba quieto, inmóvil, a la espera de noticias.
Elyn había sido la única que se había preocupado realmente de invadir su espacio y privacidad para hacerle la espera más amena por lo que, tras varios intentos de silencio absoluto como respuesta, Sagitario había terminado aceptando su compañía y conversación ya que, en el fondo, le resultaba imposible ignorar a alguien como Piscis Australis. Finalmente, Seiya consiguió vencer su negatividad y optó por preguntarle a Elyn cosas sobre Seiran, temeroso de haberle perdido para siempre, él le confesó que necesitaba saber del chico para tener el mayor número de recuerdos posible de su pequeño aunque fueran ficticios; pero Elyn no contrarió su idea a pesar de parecerle una locura, por lo que accedió a responder cualquier pregunta sobre el joven semi dios:
-
Cuanto más me cuentas… más me sorprende el hecho de que te callaras por tantos
años algo como esto. – sonrió Seiya, tratando de ocultar el dolor que sentía su
corazón.
-
Era todo un histérico ¡nos agotaba mentalmente! Su energía era inagotable – rió
Elyn, aguantando las lágrimas – ¡Y eso que solo era un mocoso ena…!
-
¡Papaaaaaaaá!
Acto seguido, tanto Seiya como Elyn se quedaron sin aliento mirándose el uno al otro; aquella voz, aquel grito… Solo podía pertenecer a una persona.
Lentamente, ambos se fueron dando
la vuelta mientras sus ojos se dirigían a lo alto de la escalinata del templo:
-
¡Holaaaaaaa! – exclamó Seiran mientras echaba a correr en dirección a su padre.
Sagitario
se puso de pie con los ojos abiertos como platos y el corazón latiéndole a toda
velocidad, incapaz de creer lo que estaba presenciando. Cuando el chico que corría hacia él, se saltó los últimos peldaños
de la escalera para abrazarlo, sus brazos se movieron por si solos para atraparlo casi al vuelo,
correspondiendo al gesto sin ser consciente de lo que hacía:
- ¿Qué haces aquí? ¿Qué has estado haciendo?
¡Estás todo rojo! ¿Te has quemado al sol?
-
¿E-Estás… vi…?
-
¿Vivo? ¡Sí! ¡Sí! ¡Claro que lo estoy! ¿Te alegras, papá? ¿Y tú, Elyn? ¿Elyn?
Aquellos
ojos azules, su voz incansable repleta de adrenalina, su cabello despeinado por
la impaciencia de llegar a tiempo a cualquier parte… Ninguno de los dos adultos
fue capaz de asimilar la repentina aparición de Seiran y mucho menos, que
tuviera la energía suficiente como para correr y parlotear de aquella forma:
-
¿C-Cómo es que estás…?
-
¡No lo sé…! Cuando me desperté estaba en los brazos de ma... ¡OH, SÍ!
¡PAPÁ, ¿SABES QUÉ? ¡ATENEA DIJO QUE PUEDO QUEDARME AQUÍ! ¡Mamá ya me quiere! ¡Ella quiere que
me quede aquí!
-
Ah~… Que insufrible... Elyn ¿Cuántos años dices que has estado cuidando de este monstruo ruidoso sin que nadie lo supiera? –
preguntó alguien más.
Australis y Sagitario descubrieron a Nekyia bajando las escaleras en compañía de Atenea,
ambas diosas mostraban cansancio en sus rostros pero no era nada que no se
solucionase con un poco más de descanso. Sagitario miró a su diosa, encontrando
la esencia de Saori en ella, aquella que sonreía dulcemente no era la deidad de
la guerra sino la humana que la representaba y que él, conocía desde la infancia.
No obstante, su mirar se movió hasta Hades, la mujer se tocaba las sienes
mientras su hijo se zafaba de él para lanzarse a la cintura de la Reina del
Inframundo:
-
¡Gracias por salvarme, Ma-Dam!
-
Ah~ no me hagas arrepentirme de esa decisión... Aprovecha y corre, hay mucha gente que
quiere jugar contigo.
-
¡Sí, sí! ¡Es verdad! ¡He pasado muchos días dormido! ¡Quiero jugar! ¡Elyn, ¿podemos jugar?!
¿Me enseñas de nuevo el Santuario?
Australis
asintió, el mero hecho de ver el mirar de las diosas le hizo sentir que era
mejor apartar a Seiran de la conversación que debían tener con Sagitario. Así
pues, tomó al niño de la mano y se marchó, recobrando la felicidad que Zeus
parecía haberle arrebatado.
***
Al
quedarse solos, y antes de que Nekyia dijese nada, Seiya se colocó frente a
ella y clavó una rodilla en el suelo:
-
No encuentro las palabras para agradecer lo que has hecho por mi hijo si es
cierto lo que dice… Por favor, mi señora, acept…
-
Arg~ Suenas igual que Rhadamanthys, Sagitario. – cortó ella, desviando la mirada como si fuera lo más repulsivo que hubiera visto nunca – Ponte en pie, no me
debes nada.
-
¡Pero la vida de…!
-
¡Oh, cállate! Deja de replicar, por las lágrimas de Atenea, y presta mucha atención: Seiran ha perdido su esencia de semi dios, ya no es más que un simple
mortal, así que ahora tendrás que protegerlo más que nunca... – Sagitario alzó la cabeza, un tanto asustado por lo que Hades había
dicho acerca de su hijo – Mi maravilloso plan no salió tan bien como esperaba por lo que el rayo de Zeus destruyó esa parte sobre humana que tenía tan especial~ Ah~ ahora carece de un cosmos divino que llame la atención por lo que el Olimpo cree que
Atenea vuelve a ser la de siempre y que la historia ha recobrado su curso... Menudos estúpidos~.
-
Entonces, ¿por eso él…?
- Por eso ahora Atenea puede velar por su vida, al igual que del resto de la humanidad. Ah~ No entiendo qué viste en él para enamorarte, señorita Saori. Que desastre de Caballero, es más tonto que las piedras.
Nekyia
le lanzó un guiño amistoso a Saori. Acto seguido, la Reina volvió a mirar a
Seiya de arriba a abajo y dibujó una media sonrisa:
- Tómalo como una forma de demostrar que realmente, puedo ser de utilidad al Santuario, Sei-ya. Salvar a tu hijo no era una tarea fácil y menos teniéndote en mi contra, pero… bien está lo que bien acaba ¿No es así, Rhada…?
Pero la
voz de Nekyia se detuvo antes de acabar la frase, recordando que a su espalda
ya no se encontraba el espectro que durante tantos aburridos días la había
acompañado. No obstante, y aún sabiendo que aquel lapsus había sido percibido
por los dos oyentes, disimuló y recobró su aire de arpía, de reina y señora del
Inframundo:
-
Disfrutad de la paz que Hades os ha regalado. – dijo como despedida para dejar
que los dos tortolitos se reconciliaran.
___
Días
después, por fin se celebró una nueva fiesta para celebrar los últimos
acontecimientos que habían producido en el Santuario: En primer lugar, el Olimpo dejaba de ser una
molestia que durante mucho tiempo, dejaría de amenazar La Tierra; en segundo lugar, Elyn fue
nombraba Patriarca para sustituir de manera definitiva a Harbinger por lo que
uno de los temas de conversación del encuentro fue si habría o no, una nueva
forma para dirigirse a la mandamás del sagrado lugar… Y finalmente, como última gran noticia, Vitani de
Escorpio fue elegida como la líder de los Caballeros de Oro, pasando por encima
de candidatos como Seiya, Ikki o Shiryu. El voto definitivo había sido gracias
a la propia Atenea que consideraba –entre otras muchas cosas– que la heredera
de la octava casa era la mezcla perfecta entre la efusividad de Seiya, la
lógica de Ikki y la templanza de Shiryu siendo así, la tercera mujer que conseguía en esa generación uno
de los mayores cargos del Santuario.
Nekyia aplaudió con cierta ilusión la decisión de Saori, Vitani había sido alguien a quien ella había vigilado de cerca desde su encuentro con la muerte y haberla visto crecer y convertirse en una guerrera de alto nivel la enorgullecía como si se tratara de uno de sus propios espectros.
Después de los nombramientos, Hades tomó su copa de champan
y salió al balcón del templo del Patriarca para pasar el resto de la noche
allí, sola, tal y como había llegado a la fiesta:
- ¿Por qué no me resulta raro verte aquí? ¿También te aburre la multitud?
Nekyia identificó rápidamente a Vitani a su espalda sin necesidad de girarse:
-
Ah~ Lo que sí resulta extraño es que a ti te moleste ser el centro de atención,
mi querida escorpiona. Felicidades por tu merecido nuevo título.
La Líder de los Caballeros de Oro se sentó al lado de la Reina del Inframundo, sonriendo de oreja a oreja en señal de gratitud por las palabras de Hades. Ambas
alzaron sus copas para brindar, era curioso
ver como las dos, siendo polos tan opuestos, conseguían llevarse tan bien
pues tal y como muchos decían, ambas eran divas, letales y seductoras como
las que más en sus respectivos campos:
-
He oído que salvaste a Seiran.
-
Habrás oído mal, querida. No tenía ningún motivo para ello.
Ninguna dijo nada más, las dos sabían la auténtica verdad de los hechos pero no vieron la necesidad de echárselos en cara. Al cabo de un rato, Escorpio consideró que era mejor volver a fiesta y dejar tranquila a la divinidad oscura. No obstante, antes de desaparecer totalmente, decidió expresar en voz alta un último pensamiento:
- Pink. – Sonrió Vitani, llamándola por el nombre que la diosa usaba normalmente en sus travesías por La Tierra – Eres buena, y te gusta serlo. Otra cosa es que no quieras aceptarlo.
En
soledad, Nekyia pensó sobre aquellas palabras. Como Hades, le parecía de lo peor el hecho de
haberse convertido en un aliado de Atenea, opinaba que era el peor acto que había
cometido desde su nacimiento como dios pero por otro lado… su interior parecía haber
aprendido tantas cosas que ya no se sentía como el Hades de siempre: ya no se
le hacía extraño lucir aquel cuerpo femenino, escuchar su
tono de voz o romper sus propias normas. Definitivamente se había convertido en un dios blando y repleto de misericordia, algo que desde los tiempos de la Era del Mito había repudiado con todo su ser:
-
Ah~ Ya ni siquiera se siente extraño tener ese tipo sentimientos. – Susurró al notar una
presencia a su espalda – ¿No es así… Rhadamanthys?
El
Wyvern se colocó frente a ella, inexpresivo y elegantemente vestido pero con algunas quemaduras
que asomaban por su cuello y las manos. Nekyia se puso en pie, dejando la copa de
champan a medio acabar en el banco donde había permanecido sentada, lo miró de
arriba abajo y sonrió de medio lado; después, avanzó hacia él con un atractivo
movimiento de caderas:
- Que desastre, Wyvern. Hasta nosotros hemos
caído en sus estúpidas costumbres.
-
Permítame negarlo, Madam.
-
Ah~ No disimules, sé que tu corazón también lo quiere~
Aquellas palabras, aquel tono.
“Maldita seas,
Rhea…” pensó Rhadamanthys pero Atenea había tenido un hijo con un mortal, no podía haber más
blasfemia que aquella así que ¿por qué seguir negando y huyendo de lo evidente?
-
Te dije que te esperaría, no importaba cuánto tiempo pasase. – dijo
Nekyia dejando libre por unos momentos la conciencia de la mujer que rondaba la
mente del Wyvern.
Y el resultado fue el mismo que aquella vez, un beso que trascendió en el tiempo y que reorganizó el destino de ambos. En su día, fueron una simple mortal y un guerrero sanguinario; ahora eran Hades y su más leal espectro... Rhadamanthys entendió entonces algo devastador: El destino estaba sellado en el firmamento, y su escritor era paciente como el que más, pues al final, todos avanzaban por el camino que él había decidido.
Se separó de Nekyia un instante, viéndola recobrar su esencia de Reina del Inframundo, tan bella y tan altiva como había sido durante muchos siglos su anterior señor. Una nueva era comenzaba pero para él, aquel detalle era irrelevante pues su rol de protector absoluto de Hades jamás cambiaría pero al menos, ahora, dejaba abierta la puerta a la esperanza tocado quizá, por las brillantes alas del pequeño hijo de Sagitario.
-
Sei…ran…
Fue
lo único que Elyn pudo susurrar al ver cómo el hijo de Seiya recibía el golpe
de Zeus en lugar de su madre. Parte de sus ropas se deshicieron en el acto por
lo que el relámpago quemó sin piedad el cuerpo del chico; durante unos eternos instantes, la parálisis absoluta reinó en el cuerpo de todos los que presenciaron el momento en que el hijo de Atena y Seiya se interponía para salvar a sus padres del brutal ataque de Zeus:
-
Menos mal… Llegué a tiempo…
Y
lentamente, el cuerpo alado del chico empezó a tambalearse mientras sus alas de luz
comenzaron a desvanecerse.
***
Ella cerró los puños y
golpeó el trono el que estaba sentada mientras en sus ojos se reflejaba la imagen de su fiel
servidor tirado en el suelo, fulminado por un ataque que no debía haber recibido. En otras circunstancias, Hades ni siquiera habría pestañeado
pero aquellos sentimientos humanos desgarraban su interior de la misma forma en
la que se sintió el báculo de Atenea en su último enfrentamiento. Debía haber previsto que el orgullo de Rhadamanthys habría ido más allá, que sus ideales lo terminarían motivando para hacer lo que era correcto y lo peor de todo, Nekyia debería haber previsto que su guardián no la dejaría llevar a cabo su plan:
“Estúpido Wyvern…”
***
Todos,
absolutamente todos los Caballeros de Atenea se pusieron en pie presos de una
ira que jamás se había percibido sobre la faz de La Tierra. Tanta, que Zeus dio un paso
atrás, sorprendido por el giro de acontecimientos. No obstante, el ver cómo aquella
cantidad de humanos resurgía de sus cenizas para enfrentarlo de nuevo no hizo
más que devolverlo a la realidad, si alguno de ellos creía que podía derrotarlo estaba
muy equivocado pues ningún mortal podría tocarlo y él mismo se encargaría de
demostrarlo:
-
¿Cómo… te atreviste…? – susurró Vitani.
-
¿…a tocar a alguien…?
-
¿¡…Tan puro como él…!?
Decenas
de guerreros de todos los rangos saltaron contra Zeus olvidándose de la
peligrosidad de los rayos del Rey. Todos se hallaban respaldados por el poder de la furia pero Zeus no necesitó más que cerrar los ojos para repelerlos de igual forma.
Elyn cayó al suelo una vez más, rebotando contra la tierra y los escombros pero las lágrimas de sus ojos junto a la ira más profunda, le impidieron comprender que se enfrentaban a un imposible. En su mente solo brillaba la sonrisa de Seiran, la inocencia de aquel chiquillo no había dejado de soñar que algún días sus padres lo abrazarían hasta quedarse dormido… y aquella deidad del Olimpo, por muy poderosa que fuera, pagaría el haber sesgado la vida del niño.
Australis se
puso de nuevo en pie, viendo de reojo como otros tantos la imitaban; sin
embargo, cuando sus ojos violáceos se posaron sobre Zeus con la intención de volver a tratar de golpearlo, descubrieron dos
cosas: la primera, era que aún quedaba un Caballero de Atenea a escasos centímetros del
Rey del Olimpo contra restando con su poder, el cosmos divino de su enemigo;
Seiya aún estaba allí, sin conciencia ninguna pero incentivado por el dolor de
haber visto como su hijo era atravesado por el poder del Olimpo. Y lo segundo,
fue saber que si aún permanecía allí era porque Elektra estaba usando todo
lo que le quedaba de energía para potenciar la de Sagitario aprovechando los restos
de la armadura de Caelum que aún había sobre ella:
-
El cosmos… – comprendió enseguida Elyn. – ¡Todo el mundo! ¡Concentrad vuestros cosmos en mí!
Sus
pies se movieron rápidos como el viento en dirección a Elektra. Si la fuerza de
los dos ejércitos caía sobre la pelirroja pondría en peligro su vida pero ella,
gracias al sumo control de la energía que poseía, sería capaz de canalizar todo aquel el
cosmos de mejor manera para que Seiya se encontrara con una fuente ilimitada de energía:
-
La esperanza… – dijo Elektra con un hilo de voz al sentirla a su espalda – Aún no hemos perdido la
esperanza, él sigue con nosotros, Elyn… No puede haberse ido... ¡Su esperanza sigue
iluminándonos!
Y así era, las alas de Seiran aún brillaban en los brazos de Atenea. La diosa acunaba al pequeño mientras de sus ojos brotaban las lágrimas desbordadamente, la angustia de la diosa podía sentirse pero mucho más, se podía percibir el cálido brillo de las alas del joven, brillando para que ellos pudieran seguir peleando contra el Rey del Olimpo.
Piscis Australis sonrió al ser invadida por la calidez de aquella luz. Al poco, dejó de sentir preocupación pues aquellas alas doradas reconfortaban su alma y le abrían un nuevo camino lleno de esperanza, ese era el cometido de Seiran, el arma más letal de los humanos contra los dioses y mientras esa energía estuviera de su parte, los aliados de Atenea serían incombustibles frente a Zeus.
Fue
entonces cuando el puño de Seiya traspasó la barrera telequinética del Rey de Olimpo y sus
meteoros golpearon el rostro de su enemigo en cadena. Aquello desbordó más aún la
fuerza de los que enfrentaban a Zeus, consiguiendo que el cosmos se hiciera mucho mayor y sobre pasaran con ello los límites del Omega y el octavo sentido, los guerreros estaban
convencidos de que el Rey pagaría por su pecado y serían ellos quienes
se alzarían victoriosos como siempre había ocurrido. El cosmos jamás se agotaría si era Seiya quien los
protegía.
Sagitario
movió de nuevo los puños, agradeciendo de forma involuntaria el cosmos
ilimitado que estaba recibiendo para enfrentar a su rival. Apenas
había empezado a conocer a su hijo cuando aquel miserable se lo había
arrebatado, pobre de él que probaría de primera mano la ira desbocada de
Pegaso. Zeus lo había privado de su nueva luz, de su nuevo camino de esperanza
y por ello, perecería allí mismo. La
cabeza del Rey del Olimpo sería la siguiente en caer pues si debía demostrarle
al mundo por qué era apodado “El asesino de dioses” aquel era el momento
perfecto. Golpeó a Zeus una y otra vez, sin saber exactamente los puntos que
presionaba ya que en realidad, le era indiferente, su único objetivo sería quemar el cosmos hasta que Zeus fuera derrotado.
El Rey cayó al suelo y temió por un solo instante que aquel monstruo mortal lo hiriera de gravedad, había algo en él distinto al resto de los humanos, algo aterrador que había despertado justo después de cometer el error de matar al hijo de Atenea. Zeus lo vio cargar su ataque canalizando el poder de más de un centenar de aliados que poseían su misma capacidad para generar milagros, dicho cúmulo de cosmos olía a muerte, a las puertas del Inframundo, él sabía que la muerte era algo imposible para un dios pero ¿hasta dónde llegaba el límite del poder de los humanos para generar milagros?
Iba a perecer allí… como todos los que había lanzado contra Atenea… ¿Cómo? ¿Por qué aquel mortal podía hacer frente a todo el mundo que osaba ir en contra de la diosa de la guerra? ¿¡Qué clase de arma eran los humanos!? A partir de ahí, Zeus no pudo pensar más pues Seiya alzó y encerró sin miramientos todo el cosmos que había sido capaz de concentrar en un solo punto para lanzarlo a bocajarro contra Zeus. El rey cerró los ojos y después, una aterciopelada voz resonó en el lugar:
-
Detente, Sagitario.
Zeus se topó entonces con el cuerpo de Hades frente al del guerrero. Su mera
presencia fue suficiente para que la energía que el humano sostenía se disipase y acto seguido, Seiya
cayera al suelo completamente inconsciente:
-
Ha-Hades… ¿Eres tú? – Preguntó Zeus, descubriendo por sí mismo que el cuerpo del dios del Inframundo
había cambiado demasiado aunque su esencia fuera la misma –...¡Vamos, deprisa! ¡Acaba con…!
-
Silencio. – Zanjó Nekyia, sus ojos también estaban repletos de lágrimas
pero la indiferencia en su voz contrastaba enormemente con aquella visión– Ya has hecho
suficiente. Lárgate de aquí, Zeus.
-
Pero he venido a castigar a Aten...
-
Sin embargo, has cometido un crimen peor que el suyo: has matado a su hijo y esa, querido hermano,
es una norma que tú mismo estableciste para cubrirte las espaldas. “En caso de
engendrar un descendiente impuro, no será la criatura quien pague por los pecados de
sus progenitores; en cuyo caso, si se ha de castigar a alguien, será a su madre. Si por el contrario, alguien osa dar muerte al hijo de un dios, éste será condenado a muerte sufriendo exactamente el mismo final que la víctima.” ¿No fue esa la ley que estableciste para salvar a tus
propios bastardos y a ti mismo?
-
¿¡Y cuando se ha llevado a cabo semejante blasfemia!?
-
Acaso ¿vas a negarme, a mí, ¡a la diosa del Inframundo! Lo que ha llegado a mis
tierras? He visto sangre de tu sangre en mi territorio, al igual que he visto mortales llegar al infierno con tu sello en el pecho por haber matado a tus hijos. ¡No oses mentirme a la cara!
- Pero ¿Por qué?... ¿¡Por qué ahora te pones del lado de Atenea!? - Exclamó Zeus, siendo incapaz de comprender lo que estaba presenciando.
Siempre, por los siglos de los siglos, Hades había ansiado derrocar a Atenea y quedarse con su territorio, y ahora que él lo necesitaba para darle caza... El dios del Inframundo tenía la desfatachez de interponerse en su camino. Inaceptable, algo como aquello era inaceptable.
- O te largas de aquí y dejas de meter las narices
en los asuntos de La tierra o pediré justicia con la ley en mano. Atenea, Poseidon y yo mismo,
nos desvincularemos del Olimpo si es necesario pero
deja la batalla aquí, has dado muerte a una deidad inocente, creo que eso es suficiente castigo.
El
Rey se puso en pie, sopesando las palabras de Hades. Aquel que podía
encender la llama de los milagros ilimitados había perecido bajo su rayo por lo
que los humanos volvían a quedar a la misma altura que antaño, ya no había amenazas y Atenea sufriría por el resto de su vida. Su hermano tenía razón y él estaba cansado
de los problemas de Atenea y la maldita Tierra, estaba harto de los humanos y sus
absurdos enfrentamientos así que finalmente, Zeus asintió y consideró que aquellos tres eran más que suficiente para entenderse, a fin de cuentas ellos eran los
apestados del Olimpo, aquellos que habían preferido vivir en otro territorio
diferente así pues ¿Por qué no olvidarlos por completo de una vez por todas?
Miró de refilón lo que había generado su rayo, una absoluta destrucción y desolación y eso que solo habían sido una decena de ataques, de haber ido en serio tanto él como Hades sabían que nadie habría sobrevivido pero su código de honor divino le obligaba a obedecer las leyes que él mismo había impuesto para no salir perjudicado en el futuro. Engendrar un hijo con un humano era una ofensa que a él se le había permitido montones de veces gracias a que sentenció que matar a una criatura por venganza hacia sus padres era un pecado mucho mayor…
Así
pues, cerró los ojos, dio media vuelta y desapareció junto con la tormenta que
había generado para llegar al Santuario.
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